miércoles, 22 de agosto de 2012

El Padre Santiago Díaz Peñate, fundador de nuestro monasterio. I Parte


El Padre Santiago, fundador de nuestro monasterio de la Santísima Trinidad, nos cuenta la historia de su vocación y de la fundación del monasterio. Iremos publicando periódicamente extractos de su autobiografía que sirvan para conocer al P. Santiago y lo que Dios ha hecho en él llevando a las Islas Canarias el monacato, hasta entonces inexistente.



La fundación:

           Nada existe, ninguna realidad hay, ni acontecimiento sucede en la vida donde Dios no este presente. Dios se encuentra totalmente inmerso en la historia de la humanidad y (muchas veces) es el principal artífice de las obras buenas que se hacen.
Esta es la razón por la que, en no pocas ocasiones nos encontramos ante acontecimientos y hechos donde se palpa de una forma muy sensible no solo su presencia, sino su misma acción y dirección.
Así lo he vivido de una manera clarísima en todo lo que se refiere a la fundación de este Monasterio Benedictino de la Santísima Trinidad en Santa Brígida de Gan Canaria. Su intervención ha sido tan evidente, tan clara, tan directa que no se puede dudar que todo lo ha hecho El. Dios lo ha ido disponiendo todo, ha sido el arquitecto que ha ido construyendo esta obra importante y delicada, y que confiamos será para gloria suya.


Como ha sucedido en muchas ocasiones, se ha servido del elemento humano, aunque este sea deficiente y pobre, como en el presente caso, pero a pesar de eso así lo ha querido El.


De esta manera se ve más claramente que todo es obra Suya, así resplandece más su intervención y se garantiza más su obra. Por eso, insisto, en que solo a El pertenece toda la gloria.


Es verdaderamente admirable esta manera de procedes de Dios, como quiere asociarnos a sus obras y El casi permanecer en lo oculto dando a veces la impresión de que es el hombre quien hace lo que el edifica. No podemos menos de exclamar: “¡Qué maravillosas son tus obras, y todas las hiciste con sabiduría!”.

Para edificación del que pudiera leer esta historia y para que comprenda que a nadie se la puede atribuir esta fundación sino a la acción constante de Dios, y por tanto, para que solo El sea glorificado, “voy a evocar los misterios del pasado” (Sal. LVII, 2). Con esto pretendo con absoluta sinceridad y claridad exponer como se ha ido realizando esta obra.


Hay una realidad que no podemos olvidar, Dios no tiene prisa, somos nosotros los que la tenemos y con harta frecuencia queremos ver realizados de inmediato aquellos acontecimientos tanto personales como comunitarios a los cuales Dios les tiene señalados su momento concreto y determinado.

Descubrimos cual sea su voluntad y nos disponemos a hacerla realidad, pero comienzan a surgir las dificultades de cualquier orden unas que se ven como lógicas, otras incomprensibles, a veces de quien menos lo esperábamos y todo esto hace que los proyectos planteados tomen otra dirección que la que en principio nos habíamos propuesto...
Aceptar todo esto en esos momentos cuesta, se necesita una fe muy robusta y hemos de elevar el espíritu para no desfallecer y aceptar, convencidos, de que los caminos de Dios a veces cuestan mucho y es lo que hace más meritoria nuestra perseverancia. A veces estas dificultades son duras y nos hacen sufrir mucho pues parece como si Dios nos dejara solos, como si se desentendiera de nosotros, no siendo así. Con razón el salmista exclamaba: “¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás? ¿Por siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? ¿Hasta cuándo tendré congojas en miasma?” (Salm. XVIII, 2-3). Y en estas circunstancias nos sentimos bajo el impulso de nuestra natural rebeldía, haciéndonos dudar si aquello que buscamos lo quiere Dios o no, surgiendo entonces la tentación de dejarlo todo, y gracias a la ayuda de El, superamos esos momentos.


Esto suele suceder de un modo particular cuando sentimos en nuestro interior la llamada fuerte de Dios para que nos consagremos a El en un estado de vida determinado, a veces sentido con tal claridad que sabemos que eso es ciertamente lo que El quiere de nosotros. Entonces se hacen más duras las pruebas que surgen... Es que siempre son actuales las palabras de Jesús que nos dice: “¡qué estrecha es la senda y que angosto el camino que lleva a la vida! Y ¡ qué pocos son los que la encuentran!”. (Mt. VII, 14).
Esto es lo que concretamente ha sucedido en esta fundación. Ahora mirando al pasado, comprendemos que rodas las dificultades que encontraba iban a hacer realidad los designios de Dios.

Después de 38 años de espera, lo que ya parecía imposible bajo el punto de vista puramente humano, empieza a hacerse realidad. Los caminos de Dios son distintos a los de los hombres. Dios compensó tan larga espera de una manera extraordinaria y con creces. Lo que tantas oraciones y sacrificios costó, lo está realizando el Señor como jamás fui capaz de soñar. Por eso mi alma, profundamente agradecida al Señor, que de una manera tan admirable ha procedido en todo, y a pesar de que mi vida ha sido tan poco fiel a sus muchas gracias, me ha escogido como instrumento para esta obra. “¡Bendito sea el Señor, que ha oído la voz de mis plegarias” “Te doy gracias, Señor, de todo corazón, cantaré todas tus maravillas”.
Sí, ninguna expresión como esta que nos ofrecen los Salmos, me parecen las más apropiadas para comenzar la narración de esta obra grande que estamos haciendo, fruto de muchas oraciones, de mucha fe y confianza en Dios.


En todo el proceso por el que ha atravesado esta fundación, analizando desde sus comienzos, hay que considerar dos cosas que corresponden a dos etapas bien diferenciadas:

  • Lo que yo iba buscando
  • Y lo que Dios, a través de lo que yo estaba convencido que era su voluntad, iba preparando.

Yo iba buscando dar la respuesta a la llamada que Dios me hacía pretendiendo ingresar en un monasterio para llegar a ser monje benedictino convencido de que era esa mi vocación. Incluso, en principio solo pensaba ser monje, no se me había ocurrido, ni me había planteado la idea de ser sacerdote porque creía que Dios me pedía simplemente ser monje y por la poca simpatía que desde que estudié el bachiller, le tomé al latín. Por eso, desde que me surgió la idea de ser sacerdote, casi lo descarte en principio. Así lo pensaba yo, pero Dios me quería sacerdote y sin saber ni como ni cuando tomé esta determinación.

Cuando ya lo tenía todo determinado y decidido para dar este paso empezaron a surgir las dificultades, que en su momento expondré y que me hizo aplazarlo todo hasta que Dios lo determinara.
Ahora, revisando fríamente los acontecimientos pasados y descendiendo a muchos detalles, he visto claramente como todo esto entraba en los designios de Dios y que todo lo iba dirigiendo para que se cumpliera su voluntad de que se implantara la vida monástica benedictina en Canarias.

Jamás pasó por mi mente la idea de fundar un monasterio. Ni me consideraba con cualidades, ni capaz de llevar a cabo una obra tan grande, tan importante y de tanta responsabilidad. Tampoco pasó en momento alguno por mi imaginación que Dios se fuera a servir de mí para realizar esto. De esta manera me he convencido una vez más de la verdad de estas palabras de San Pablo: “Dios escoge lo débil para confundir a los fuertes” (I Cor. I, 27).

Por tanto, esta fundación tiene dos etapas muy diferenciadas. Una, la primera tuvo sus comienzos en el segundo semestre del año 1938, aunque Dios lo fue preparando desde mucho antes, como luego veremos. La otra etapa, la definitiva, comenzó en el año 1972.



Su vocación:


Por esta época tenía la costumbre de leer por la noche, antes de dormir algún libro de los muchos que se escribieron sobre la guerra civil. Entre estos leí uno que hablaba de la conquista de Málaga. A este libro le tomé mucho cariño porque habían dos capítulos que me afectaron mucho. Uno en el que describía la toma de Málaga en la que se destacaba la labor de mi padre en esta operación. En el otro capítulo que me afectó mucho el autor narraba una visita que había hecho a las Ermitas de Córdoba. En él describía de una manera poética, sencilla y maravillosa la vida que observaban aquellos eremitas.


Tanto me agradó este capítulo que durante un mes casi todas las noches lo leía y me hacía mucho bien. Gozaba con su lectura y me daba mucha paz interior... verdaderamente me fascinaba...


Iban pasando los meses y yo pensaba mucho en lo que había leído acerca de aquellos hombres tan entregados a Dios en una vida tan austera. De vez en cuando me preguntaba si yo no podría llegar a ser uno de ellos, pero en seguida desechaba esa idea como algo que me resultaba desagradable, no quería. Eran los primeros brotes de mi vocación, pero todavía un poco difusos; no los quería y trataba de quitarlos. Hoy me doy cuenta de que así empezaba Dios a llamar a mi alma... “he aquí que estoy a la puerta y llamo...” Ya estaba haciéndose notar la presencia de Dios en esta vocación... pero aún no era muy fuerte, eran los comienzos... hacía falta mi respuesta...

Dios respeta tanto nuestra libertad que no entra si no le facilitamos nosotros la entrada, “si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa; cenaré con él y él conmigo” (Apc. III, 20).

Esta idea fue metiéndose cada vez mas en mi mente y en mi corazón, que a veces me dejaba intranquilo. Era toda una lucha. Había momentos en que la aceptaba, pero luego, viendo lo que me iba a exigir trataba de quitarla de mi cabeza... me faltaba mucha generosidad... Por otra parte me veía tan poca cosa... tan miserable... estaba tan metido en el mundo... pensaba en mi carrera.... la que yo creía que era mi vocación... en mi uniforme de marine de guerra... en formar un hogar... muchas ilusiones y aspiraciones, que, aunque legítimas y normales, a la luz de la llamada de Dios las veía muy humanas... y sobre todo no entraban dentro de los planes de Dios con respecto a mi vida.

Pero, a pesar de mi actitud, Dios seguía llamándome... y cuando más insistente era su llamada, por parte mía más me esforzaba por evadirme: 2 mas yo como un sordo doy, no oigo, como un mudo que no abre la boca; sí, soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en sus labios” (Sal. XXXVIII, 14, 15)

Al fin tuve que rendirme, aunque no del todo en algunos momentos... Quizás fue una determinación que tomé porque ya no tenía ni paz, ni sosiego en el alma... ¡Eran tan continuas e intensas las llamadas de Dios...! ya no podía aguantar más... “Y ahora, Señor, ¿Qué puedo yo esperar? En Ti está mi esperanza. De todas mis rebeldías líbrame, no me hagas la irrisión del insensato. Me callo ya, no abro la boca pues eres Tu el que actúas” (Sal. XXXIX, 8-10).

Así fue realmente. Me puse en manos de Dios y dejé que fuera El actuando y que los acontecimientos se fueran sucediendo conforme a su voluntad... Ya estaba convencido de que mi vida tenía que discurrir por esos derroteros... Pero aún me vendrían días de duda si esa era o no la voluntad de Dios con respecto a mi vida... y no faltaron momentos en los que me volvían ganas de tornar a todo aquello a lo que había renunciado...

Ya estaba convencido de que Dios me llamaba, pero ahora surgía un nuevo problema, ¿a qué género de vida me llamaba?

Cada día veía con más admiración la vida de aquellos eremitas tal como se narraba en el libro que dije había leído. Pero yo pensaba, y esta idea me vino en muchas ocasiones anteriormente, en la posibilidad de que esa vida pudiera organizarse de manera que se viviera manteniendo el mismo espíritu de apartamiento del mundo y de la oración, pero en comunidad. Yo hasta entonces desconocía la vida cenobítica, no sabía que existiera. Conocía y sabía que existían comunidades de religiosos, yo mismo, como antes he dicho, estudié en una casa junto a la cual vivía un grupo de Jesuitas en comunidad, cuando los echaron del Colegio de S. Ignacio al estallar la república. Pero desconocía la vida cenobítica.



Cae en sus manos la Regla de San Benito:

       Fruto de esta lectura, además de convencernos de que Dios nos llamaba por ese camino, tomamos la resolución de orientar bien nuestra vida espiritual para corresponder mejor a la llamada de Dios. También tomamos la decisión de hacernos, tarde o temprano monjes benedictinos, pero esperaríamos a que terminara la guerra civil.

Sus encuentros con monjes benedictinos:

          El 2 de Enero, celebra Granada la festividad de su incorporación a la Corona de Castilla. Ese día en el año 1939, fue invitado a predicar Fray Justo Pérez de Urbel, monje entonces de Santo Domingo de Silos. Cuando nos enteramos mi amigo y yo decidimos ir a verle y exponerle nuestros deseos. Habíamos determinado acercarnos a él después de la predicación, pero al verlo entre tantas autoridades no nos pareció prudente acercarnos para decirle nuestro deseo de hablar con él. Entonces decidimos escribirle una carta como así lo hicimos el día 21 de Febrero de 1939. yo me había olvidado de esta carta y en una visita que hice al Valle de los Caídos por el año 1981, el Prior Administrador me habló de ella, puesto que tenía en el Monasterio toda la documentación de Fray Justo, que tenía por costumbre guardar todas las cartas que durante su vida había recibido y al morir, todo esto pasó al Monasterio, y entre las cartas que cuando el P. Prior me lo dijo yo le contesté que posiblemente estaba confundido, pero él insistió y me la enseñó. Se la pedí y solo me dijo que me daría una fotocopia, como así lo hizo. Esa carta dice así:



“Rvdo. P. Fray Justo Pérez de Urbel

Reverendo Padre: Le escriben dos muchachos de 17 años, que cuando hayan cumplido sus deberes para con su Patria y familia ingresarán en un Monasterio Benedictino. Nuestra vocación es firmísimo y antigua y tanto en la Acción Católica como en la Adoración Nocturna de esta capital, a las que pertenecemos, como nuestro director espiritual, son conocedores de nuestros propósitos, alentándonos en ellos. Por medio de esta le hacemos sabedor de nuestros antedichos propósitos, al propio tiempo que aprovechamos gustosos la ocasión para saludarle. Quisiéramos tener correspondencia con Vd. Para que nos guiase el poco tiempo que puede mediar desde ahora hasta el día en que podamos ingresar en la Orden Benedictina. Así podríamos tomas sus autorizados consejos en cuantas cuestiones le planteásemos.



Quisiéramos que nos escribiese a los dos en la misma carta, puesto que así al mismo tiempo nos beneficiaba mutuamente; pero aunque para la correspondencia el mejor sistema es este y sea el que adoptemos, deseamos tener cada uno como recuerdo un autógrafo suyo, por lo que le rogamos, si no le sirve de molestia, nos enviara a cada uno, uno.


Perdónenos el atrevimiento de dirigirnos a Vd. Lo que hacemos pensando tan solo en que Dios quiere que seamos benedictinos, y sin más disponga de sus más fieles servidores que besan su mano. Francisco Serrano Castilla y Santiago Díaz Peñate. P.D. Le quedaríamos muy agradecidos si nos enviara un folleto donde se contenga reglamento, apología de la Orden. O algo que sirva de aliento y esperanza.”


Conoció también al Padre Bernardo Simeón, monje de Montserrat, con el que tuvo el gustó de pasear, contarle de su vocación y del que guarda una estampa que le dedicó al P. Santiago que dice así:


“El amor de Cristo ha unido nuestros corazones. Deseo vivísimamente que el mismo Amor los una en el mismo ideal de santidad en la intimidad de la familia Benedictina en la que perdura el verdadero espíritu de S. Benito”.

Pocos días después conocimos a otro benedictino que se hospedaba en el convento de los PP. Capuchinos. Este monje era del Monasterio de Samos, Lugo, y se llamaba Don José Díez. Tanto este Padre como Don Bernardo, estaban en Granada prestando servicios como capellanes del Ejército. Aunque con los dos entablamos mucha amistad, con Don Bernardo fue mucho más intensa, tal vez porque fue el primero que conocimos y sobre todo porque desde el principio se tomó mucho interés por nuestra vocación creándose con esto una amistad muy profunda.


Así fue pasando el tiempo hasta que terminó la guerra.





CONTINUARÁ

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